Artel fugitivo:
Historia y poesía
Crónica sobre el poeta Artel y el 9 de abril
Álvaro Suescún T.
El poeta Jorge Artel
Artel fugituivo. Intelectuales cartageneros recuerdan algunos episodios de lo ocurrido en la ciudad el 9 de abril de 1948 y la posterior huida del poeta Jorge Artel. El inicio de un exilio de más de 25 años.
La tarde del 25 de septiembre de 1947 Artel estaba en la Plaza de los Coches. Como casi todos los concurrentes, había sido succionado por el recio temperamento de Gaitán, el líder popular cumplía así su última cita con Cartagena, seis meses antes de ser asesinado. El temperamental y carismático líder no invitaba a participar en unas simples elecciones sino a una revolución de las costumbres políticas colombianas, fustigó duro a las clases en el poder, refiriéndose a ellas como "la oligarquía", diciendo que ella utilizaba el sectarismo de los partidos para enfrentar al pueblo y romper la unidad de clase que estaba forjando.
En la calle del Estanco del Tabaco estaba la casa de Samuel Guerrero, allá se reunieron los gaitanistas de la Universidad, Antenor Barbosa entre ellos, todos asistieron a esa concentración de multitudes. Llevaba la batuta Frijo López Calvo, que oficiaba como secretario personal de Gaitán, en Cartagena.
—Frijo habló a nombre de los estudiantes liberales gaitanistas —dice Antenor Barbosa—, en una manifestación extraordinaria que colmó todos los espacios, yo nunca volví a ver esa plaza tan llena.
También eran gaitanistas Luciano Lepesquer y Víctor Reyes y muchos más, pero a Jorge Artel solamente una vez lo vi entre los gaitanistas, y fue allí. No tenía nada de extraño que fuera gaitanista, casi me inclino a pensar que debió serlo por su formación ideológica y por su actitud mental que se proyectaba en la poesía".
Había muy pocas emisoras, y solamente tres noticieros difundidos por radio. "Síntesis", el de mayor sintonía, era de Víctor Nieto y estaba al servicio de las ideas gaitanistas pues Alfonso Castro Bermúdez y Braulio Henao Blanco, dos de los grandes difusores del pensamiento del caudillo, tenían sus espacios diariamente allí.
Los acontecimientos siguientes se desencadenaron, uno tras otro, sin control y de manera vertiginosa. El "negro" Gaitán fue muerto a tiros y todo el país giró fatal y estremecidamente envuelto en un torbellino de violencia. En Cartagena fueron puestos bajo arresto casi todos los que lideraron el proceso de conservación de los derechos e impedimento de los abusos que era la conducta del equilibrio pregonada por el gaitanismo, entre ellos quienes hacían el radioperiódico "Síntesis" y, claro, Jorge Artel. Al final una enorme estela de damnificados quedó diseminada por todos los rincones del "Corralito de Piedra", los dueños de algunos almacenes y los de los periódicos El Fígaro y el Diario de la Costa, que fueron incendiados. Braulio Henao Blanco muerto, y Jorge Artel en el exilio.
—La situación estaba difícil —dice reposadamente Antenor Barbosa en su casa, cincuenta años después. Sorbe con delectación un whisky para afinar el recuerdo, y agrega: Empeoró cuando mataron a Braulio. Yo estuve esa noche en el anfiteatro del hospital Santa Clara, que quedaba a una cuadra de mi casa, sobre una camilla estaba Braulio, sin camisa y cubierto con una palidez de muerte. Recuerdo entre otros, a Enrique Castillo Jiménez y a Roberto Galofre Enríquez, quienes habían sido testigos del atentado y lo habían llevado hasta allí, eso fue al amanecer del 24 de junio de 1948, dos meses después del 9 de abril. Por supuesto aquella cosa fue muy dolorosa, muy lamentable y desde un principio se sindicó de aquel homicidio en circunstancias tan estúpidas, a un teniente de la policía de apellido Quiroz.
Siguieron sucediendo hechos alarmantes. En el parque de El Centenario estaba erigido un busto al líder Rafael Uribe Uribe. El 15 de octubre, aniversario de su asesinato, algunos instigadores, al amparo de la noche, derribaron el mármol y lo sumergieron en el fondo de una pileta. Varias casas fueron baleadas en lo que se conocía popularmente como serenatas de plomo, porque ocurrían en la madrugada. Jorge Artel era ya un reconocido poeta, pero ¿qué lo vinculaba a estos hechos?
—Jorge Artel era político —contesta pausado desde su serena vejez Gustavo Ibarra Merlano, aclara la voz asmática, y agrega: —Aspiró sin suerte a ser electo diputado. Era un soberbio orador, eso le venía desde cuando estudió en Bogotá donde estaban "Los Leopardos", José Camacho Carreño, Augusto Ramírez Moreno, Eliseo Arango, Silvio Villegas; de esa tendencia, suerte de mezcla de literatura y política, también eran Lleras Camargo y Jorge Zalamea, tenían vozarrones de perfectos locutores, y Artel era de esa escuela.
Se refiere a una importante época en la vida del poeta cartagenero Jorge Artel. No había cumplido 21 años cuando, ayudado por una beca, se fue a estudiar abogacía en la capital de la República. Ahora se sabe que fue allí, abrumado por la nostalgia del Caribe y atosigado por el frío del páramo, en donde escribió sus primeros poemas con acento negrista que años después dieron origen a Tambores en la noche, el más celebrado de sus libros de versos.
Hay otros testimonios que escarban bajo aquellas raíces. En la revista "Mañana", orientada por Juan Roca Lemus, se dan cita importantes escritores, entre ellos José Mar, Eduardo Zalamea Borda, Angel Jaramilllo, Arturo Regueros Peralta y, por primera vez asociados, los nombres de Jorge Eliécer Gaitán y Jorge Artel.
Ibarra Merlano conoce el episodio que terminó con el poeta confinado en una celda de la Base Naval en Cartagena de Indias el 10 de abril de 1948. Ese sería el primero de una larga lista de acontecimientos que lo obligarían, meses más tarde, a tomar la ruta del exilio en una prolongada diáspora que lo tuvo fuera del país un poco más de 25 años.
En Cartagena Jorge vivía metido en el cuento de los recitales y tenía una hora de programa cultural por las tardes, en la radio. Todos conocíamos su voz inconfundible, ronca, fraternal, pero al mismo tiempo frentera. La noticia del asesinato de Gaitán lo sorprendió en su oficina de abogado. Después de escuchar con alguna emoción las primeras arengas salió en dirección a su casa, fue cuando vio en el balcón del radioperiódico de Víctor Nieto una aglomeración que vociferaba contra Ricardo Segovia, funcionario del gobierno, que había ido a cerrar la emisora por orden superior. Jorge quiso colaborar con la revolución, subió al segundo piso, y en Cartagena, a las tres de la tarde, se escuchó una voz en la radio que decía: 'Como Virgilio lleva al Dante atrayendo corredores infernales, así los voy a guiar hacía la revolución', aún sin identificarse, toda la ciudad conocía ese vozarrón y nos dijimos. 'Ese es Jorge Artel'. Lo enguandocaron junto con Víctor Nieto, Alfonso Castro Bermúdez, Braulio Henao Blanco, Miguel Henríquez Castañeda, Pedro Yances Salcedo, Ramón León y otros más.
Ese atenuado izquierdismo socialista se le conocía a Jorge Artel desde los días de su temprana amistad con Luis Vidales y José Mar, miembros del Partido Comunista. También es probable que la fiebre viniera dentro de las cobijas: algunos de los miembros de su familia ejercían la política como una actividad principal, su padre Miguel De Arco fue jefe político y militar de la plaza de San Antero, Córdoba, durante la guerra de los Mil Días, y se habla que algunos de sus cercanos antepasados estuvieron en la revuelta de Getsemaní que lideró, en los días de la independencia de Cartagena, el prócer negro Pedro Romero. Artel había sido criado bajo la protección de su tía Carmen, a quien, si algo le sobraba, era sensibilidad, de tal suerte que el historiador Donaldo Bossa Herazo afirmaba haber visto una multitud en su entierro que fue de pobre, no obstante ser la dueña de una importante clínica de maternidad porque acostumbraba repartir sus ingresos entre los necesitados. La casa de la tía Carmen era epicentro de tertulias a las que concurrían algunos masones como el médico Bartolomé Escandón, Antonio Regino Blanco, diputado en varias ocasiones; Camilo S. Delgado, más conocido como el Dr. Arcos; Bernardino Castro, concejal, y Gabriel Eduardo O' Byrne, fundador del "Diario de La Costa".
Julio Lorduy Esquivia aporta un dato interesante. Afirma que Jorge Artel era el suplente de Alfonso Romero Aguirre, cuando éste fue elegido representante a la Cámara en 1942. Romero estaba en contra de la elección de Aníbal Badel, amigo de Artel, porque era comunista. ¿Cómo diablos se dio este galimatías? Julio Lorduy, que sabe más por viejo, a sus novenmta y tres años reflexiona antes de explicar que Romero Aguirre estaba al servicio del varguismo, y precisa que Jorge Artel nació en la Plaza de la Trinidad, su casa y su familia estaban muy cerca de la de Pacho Vargas, que era el jefe máximo del Liberalismo de izquierda.
Hay, sin embargo, un temprano episodio en la vida de Jorge Artel, poco divulgado. En Diciembre de 1927 llegó a Cartagena María Cano, ya proclamada "Flor del Trabajo". Ella se había iniciado en la vida política cinco años antes, al lado del dirigente socialista Tomás Uribe Márquez, visitando los centros fabriles y los comandos populares en defensa de las libertades públicas y reivindicando sus derechos. Artel, que apenas había cumplido dieciocho años, fue el escogido entre los jóvenes para hacer el discurso de bienvenida:
"—Mi discurso no alcanzó a ser pronunciado —explicaba Artel a Ligia Alcázar, muchos años después—, no se qué pasó, yo nunca averigüé de dónde salió la idea de raptar a María Cano para llevarla a casa de Nemesio Barrios, un cantinero que no tenía nada que ver ni con María Cano ni con la política. Ahí permaneció durante el tiempo que Ignacio Torres Giraldo requirió para recuperarse de una influenza. Así me quedé yo con mis pantalones cortos y mi discurso en el bolsillo. Apenas el líder se recuperó, trabajamos en la fundación del primer comité obrero de Cartagena, en el barrio de Getsemaní, del cual María Cano me nombró primer secretario".
Cartagena, por esos días, con el anuncio de la llegada de la dirigente obrera, era una fortaleza del socialismo revolucionario y, para evitar los desbordes de la fuerza pública, como en otras oportunidades al ser recibida la dirigente por grandes multitudes que se agolpaban en los terminales ferroviarios, se había constituido una gran Junta organizadora que presidía Aníbal Badel, "cifra y compendio de la sangre y espíritu revolucionario del pueblo insumiso del Caribe colombiano", al decir del líder obrero Ignacio Torres Giraldo, quien escribió "Los Inconformes", uno de los estudios históricos más importantes para el análisis de la realidad del país, en el que relata este episodio.
"[...] no es necesario repetir aquí el fervor de multitudes que atraía la presencia de María Cano [...], es suficiente anotar que hubo casos de asfixia y que por causa del caudal humano que apretaba la muralla, el poeta Jorge Artel, que desde aquí quiso hablar, hubo de renunciar a ello. En la marcha hacia una plaza que pudiera contener la multitud, el poeta tenía su discurso escrito, nos lo entregó para que lo leyésemos después, comprendiendo que la gente quería oír, ante todo, a la espléndida mensajera de las nuevas ideas."
Artel, en los años en que obtuvo el reconocimiento de la Universidad de Antioquia como poeta nacional, recordaba en conversación con Federico Santodomingo: "María Cano estaba en su labor proselitista, fundando centros obreros, yo fui secretario del primero que hubo en Cartagena. Recuerdo de este grupo al maestro Periñán y a José de Arco, mi pariente".
Con sus huesos, a la cárcel Oscar de la Espriella, reconocido político de izquierda desde sus años mozos, afirma que se constituyó una junta de gobierno revolucionaria integrada por Ramón León y B., Braulio Henao Blanco y Jorge Artel, la cual designó como alcalde a Santiago Badel, remplazando a Manuel Pretelt Martínez, que en calidad de secretario general había sido encargado de la alcaldía.
En Calamar, el 9 de abril, estaba Juan Zapata Olivella recién graduado como médico, su recuerdo se limita a una anécdota graciosa:
"El párroco se montó en el campanario de la sacristía y lo andaban buscando. Una multitud de vociferantes la emprendía contra él y las familias conservadoras; después de pasados los incidentes, el cura jocosamente comentaba que "estaba escondido en el campanario y cuando ellos decían 'abajo el cura' ya estaba yo arriba". Y agrega el ilustre ex candidato por las negritudes a la presidencia de la República: "En Cartagena Jorge Artel tuvo un desempeño importante junto a Braulio Henao Blanco, Víctor Nieto y otros. Cuando se aclararon las cosas, empezó mucha gente, entre ellos Artel y mi hermano Manuel, a emigrar debido a la persecución que se desató, sobre todo contra los liberales".
Víctor Nieto no quiere recordar esos incidentes; aunque faltan seis meses para una nueva versión de su Festival de Cine, se escuda en un cerro de obligaciones pendientes, pero finalmente accede a respondernos lo que sabe de aquellos hechos. Recuerda que ese día incendiaron el Diario de la Costa y El Fígaro, los dos periódicos más importantes de Cartagena. Y que tres días después del 9 de abril se metieron en la emisora, "...Me destruyeron todo, incluidos unos equipitos nuevecitos que todavía estaba pagando y durante mucho tiempo me tocó sacar dinero de mi bolsillo para salir de esas deudas. Nos pusieron presos a todos los que hacíamos el radioperiódico: Alfonso Castro Bermúdez, Miguel Henríquez Castañeda, Braulio Henao Blanco, Cesar Tinoco y a mí. Me sacaron de la casa por la tarde, creo que fui el último. Y como mi papá había sido oficial de la marina nos dieron un trato digno, si así puede llamarse."
Pedro Yances Salcedo vive en Bogotá, está en uso de buen retiro de su profesión y de la vida política, su voz se enturbia cuando evoca aquellas escenas de pánico tras el apresamiento. "No sabía a dónde nos llevaban, al final fuimos a parar a un cuartel de la policía y en las mañanas nos ponían una manguera a todos los que allí amanecimos en el calabozo, con Artel se ensañaban. Después nos llevaron a la Base Naval."
Manuel Zapata Olivella hace una remembranza de los actos que develaban un talante racista en la heroica ciudad de aquellos días, "...Todavía no cambia mucho, si te fijas con detenimiento, Cartagena sigue siendo dirigida por una sociedad racista". Después recuerda divertido la anécdota, que contada por Artel tenía mayor pimienta en su sabor a chiste cruel: "Decía Jorge que cuando le ponían la manguera se reía mientras les decía que era la primera vez que en Cartagena un blanco bañaba a un negro."
Y sí. Artel, en algunas ocasiones, tuvo arrestos para remover aquellos ingratos momentos sumidos forzosamente en el olvido por la dura costra del tiempo: "Cuando murió mi tía Carmen yo estaba preso en la Base Naval de Cartagena por los acontecimientos del 9 de abril. Salí con permiso del Comandante y, acompañado de un par de grumetes, pude asistir a las honras fúnebres en compañía de mi madre Aurora, ya que la tía Severina y mi papá habían muerto hacía muchos años. No recuerdo las fechas de esas defunciones, es como si el subconsciente se negara a remover esos recuerdos."
Muchos testimonios confirman que al salir del presidio, el viernes 14 de mayo, Jorge Artel encontró saqueada su oficina de abogado en la calle de San Juan de Dios.
El martes 18 de mayo apareció un aviso pagado en El Universal anunciando que "El Dr. Jorge Artel ya se encuentra dedicado de manera exclusiva a su profesión de abogado con especialidad en cuestiones penales y del trabajo". Una semana más tarde, el 25 de mayo, el juez encargado de estudiar los cargos contra Braulio Henao Blanco, Ramón León y B. y Víctor Nieto, también recluidos en la base naval por los disturbios del 9 de abril, ordenó su libertad incondicional. A partir de entonces se recrudecieron las amenazas, de tal manera que Artel debió pensar en huir de Cartagena porque había una orden impartida por el gobernador de Bolívar para asesinarlos a él y a Braulio Henao Blanco, según aseveración hecha a Reynaldo Spitaletta, en entrevista publicada en El Colombiano de Medellín, el 12 de agosto de 1984.
El 15 de septiembre, Gabriel García Márquez despide a Artel, sin saber que ha tomado camino al exilio. En su habitual columna en El Universal dice : "Jorge Artel se ha llevado nuestra tierra a Bogotá. En una pieza de un hotel capitalino abrió el poeta sus maletas vagabundas y, lentamente, con la seguridad del viajero que sabe el sitio de cada cosa, fue extrayendo de entre las camisas y los pañuelos las preguntas de la raza, los tejidos de la música, la estrella que no relumbró en la noble quimérica; y allá, de entre los libros y los cuadernos de anotaciones, retorcidas y húmedas, las raíces nutricias de la Costa Atlántica..."
Artel no sale para Bogotá. Es un despiste para encubrir la huida en un lanchón que sale del muelle de Los Pegasos rumbo a Quibdó, allá lo refugian sus amigos cartageneros Gonzalo Zúñiga Torres, que es el alcalde y Lascario Barbosa. Antenor, su hermano, dice que Artel salió de Cartagena en una actitud de legítima defensa, de supervivencia. De no hacerlo, hubiera sido víctima de la infortunada acción sectaria estúpida que sufrió este país. "Él llegó por la vía del Mar Caribe y el Atrato hasta Quibdó, derrotado, huido. Enterado Artel de la presencia allá de Lascario, uno de mis hermanos mayores, buscó su amparo y contó con la colaboración del doctor Gonzalo Zúñiga Torres, que a la sazón era alcalde de Quibdó. La ida de Jorge Artel tuvo que ver mucho con la acción de estos amigos que le facilitaron la huida, eso es un dato absolutamente cierto, pero inédito. Ahora es cuando se da a conocer. Ese episodio lo supe porque posteriormente me tocó trabajar en el Chocó como Juez y allí me enteré en las conversaciones que tuve con mi hermano."
Los episodios que se desencadenan luego no son menos conocidos. Sus amigos de Medellín le piden a Artel que vaya hasta donde ellos, y lo proveen del cálido refugio del afecto. Encuentra todavía algunos presos desde la jornada abrileña, comprometido en su honor y para reclamar su libertad organiza algunos recitales con Alberto Aguirre, Manuel Mejía Vallejo, Luis Martel, Alberto Upegui, Otto Morales Benítez y Carlos Castro Saavedra. A la semana siguiente, cumple una cita para dar cuenta de un suculento sancocho costeño preparado por Matilde Díaz en "Salsipuedes", la solariega casa del escultor Jorge Marín Viecco, que Lucho Bermúdez convirtió en canción. Era lo que faltaba para terminar de recoger en sus maletas la suficiente provisión de nostalgias para veinticinco años de exilio forzoso.
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© Álvaro Suescún
LA CASA DE ASTERIÓN
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Ensayo
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 6
Julio-Agosto-Septiembre 2001
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