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El hombre subterráneo


Francisco Javier Cubero



Francisco Javier Cubero, poeta.
Director de eldígoras, página de lengua, literatura y artes gráficas:
Incluye la revista eom, el otro mensual,
nueva revista de arte y literatura, con ISSN: 1578 - 7591


Observa este camino que te muestro:
zarzales polvorientos en el margen
bajo la sombra larga de los olmos,
alguna flor silvestre, ramas viejas,
langostas disparadas como lanzas
en cualquier dirección, siempre adelante,
entre la escasa hierba del sendero;
genista y juncos verdes cercanos al reguero
donde el cangrejo exhibe sus tenazas
y flota la libélula, y las cañas
esconden los fragmentos de un paisaje,
la otra orilla más húmeda y peinada
con el verde apacible de los pastos;
a este lado del mundo los trigales
pincelados de rojo y de silencio,
guiños de luz en la mentira de la paja
que cubre la arpillera en el madero,
engaños para el ave que reposa
en el inerte hombro de la tarde
mientras se funde el sol entre las lomas.
Observa ese horizonte que ciega la mirada,
escucha la locura de los grillos
y siente que la noche ha de llegar.





Ese incierto corredor donde se espesa el aire,
esa oscura galería hecha de sombra eterna,
sin ventanas a la luz, donde los pasos truenan.
Ese puente cubierto y misterioso, horizontal.
Esas paredes húmedas y frías, muertas de cal
caída en mil escamas que crujen bajo el pie.
Esa desolación insomne y ese aliento contenido
para escuchar el ruido de la nada en el espacio.
Ese momento largo que no puede ser medido
por relojes de tiempo, de pálpito o distancia.
Esa veloz carrera para cerrar la puerta bajo llave
y esa llave que quema entre los dedos al golpear
la aldaba
para saber que nadie está detrás.





Lenta el agua del río, lenta y mansa,
lento el fruto del árbol que no crece,
lento el olvido lento que no alcanzas.
Lento centro del fiel de la balanza
que pesa los vaivenes de la suerte,
lenta la indecisión, lentas palabras
que cruzan el umbral de las paredes
y al cabo, lento el tiempo que no pasa,
lenta la soledad, lenta la nieve.





Desde el oscuro bronce de su cuerpo,
estática figura, se intuye, ciega, la mirada.
Tiene los fuertes brazos del guerrero,
el elegante porte de los sables,
los recios muslos del corredor de fondo,
las sabias manos del alfarero viejo.
Tiene los anchos hombros de la tarde
y el elevado pecho del deseo
y los carnosos labios del amante.
Tiene la frente clara de los dioses,
el sexo adormecido del reposo
y la cadera suave de los ríos.
Tiene la larga sombra del ciprés,
la herida abierta del escultor oscuro,
la imposible belleza de las rosas,
y ciega
la mirada.





Surge de cualquier calle estrecha mal iluminada;
camina con levedad de sierpe y no contempla
su oscilación de alcohol, su palidez ajada.
Barren el pavimento con mangueras
hombres que resplandecen sobre el agua.
Las luces son extrañas mudas melodías
de arrítmica presencia en las fachadas.
Hay mujeres que trazan espejismos
y curvas al compás de los semáforos
y algún coche detiene su impaciencia
para saciar su sed de seda y de carmín.
Azulea cobalto entre las bardas
con su matiz de rojo blanquecino
donde se intuye la luna entreverada.
Es larga la distancia hacia el reposo;
el hombre culebrea ya lejano
con su ebriedad a cuestas. Alguien
deja caer un fardo con los diarios,
en grandes titulares sigue el mundo.





Ella guardaba la noche en un espejo
y miraba su densa y uniforme superficie
y todo estaba dentro de su luto.

Cuando llegó el verano, los cometas
encendieron fugaces estelas alargadas
que apagaron la noche con su brillo.

Y todo quedó en sombra, sin la noche.
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©   Francisco Javier Cubero

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 6
Julio-Agosto-Septiembre de 2001

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124- 9290

UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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